8 de julio, cuando un poeta nace y un pintor se vuelve eterno

Por: Lida Mendoza Orozco
Hay fechas que cobran importancia por lo que representan; tal es el caso del 8 de julio, que después de un tiempo, unió estrechamente a dos grandes amigos en momentos especiales como el nacimiento y la muerte. Esos grandes amigos también están unidos por los grandes aportes que hicieron a la cultura regional desde sus oficios: Ellos son el poeta Luís Mizar y el pintor Kjuma. El primero llegó al mundo un 8 de julio de 1959 y el otro partió de vuelta al universo en esa misma fecha pero del año 2023, como si el calendario hubiera decidido tender un puente invisible entre estos dos espíritus destinados a encontrarse aquí y más allá de la eternidad.


Amistad a toda prueba
Mizar y Kjuma se conocieron y construyeron una amistad a toda prueba en la que se soportaban bromas pesadas, se decían la verdad por muy dura y cruda que fuera, se apoyaban en cualquier tipo de situación. Kjuma siempre reconoció el valor de Mizar como poeta y como ser humano, igual lo hizo Mizar con el trabajo que desarrollaba el pintor, siempre destacó su genialidad y su forma de ser “tan frentera”.
Valledupar fue refugio de estos dos creadores que eligieron caminos distintos para decir lo mismo: que la belleza no siempre es obediente y que el arte nace, muchas veces, de la desmesura. Uno escribía, el otro pintaba, pero ambos compartían la obstinación de quienes prefieren ser incomprendidos antes que renunciar a su verdad y a la libertad de expresarse sin límites.
Los llamaban locos.


Y quizá tenían razón, porque toda sociedad suele bautizar de esa manera a quienes se atreven a mirar el mundo desde un ángulo diferente. Luis Mizar convertía la cotidianidad en poesías llenas de reflexiones, críticas y sarcasmos y hacía del lenguaje un territorio libre. Kjuma, por su parte, desafiaba los límites del lienzo; sus pinceles parecían cobrar vida y perseguir emociones antes que formas, como si cada cuadro fuera una conversación íntima con su alma sin importar si el cuadro iba a encajar en los gustos de la sociedad. “Yo pinto para mí”, solía decir.
Eran irreverentes, no pedían permiso para crear, no seguían modas ni buscaban aplausos fáciles. Vivían el arte como una necesidad vital, con la intensidad de quienes saben que la verdadera obra siempre incomoda antes de ser comprendida.
La bohemia hizo parte de su vida, fueron muchas noches compartidas en medio del licor y las tertulias, esas parrandas en casa donde poetas y pintores se reunían en torno al arte; corrían ríos de wisky hasta el amanecer, pero también leían, conversaban y creaban poemas y pinturas, demostrando que cuando hay talento, la musa aparece en cualquier momento.

Mizar le escribió una poesía a su amigo el pintor; después que el poeta partió a la eternidad, Kjuma sintió su ausencia y le pintó muchos retratos.

El Cesar les debe mucho más que aplausos o un puñado de poemas o una colección de pinturas. Les debe una forma de entender la cultura como un acto de libertad. Mientras otros repetían fórmulas, ellos abrían caminos. Mientras algunos buscaban encajar en la sociedad, ellos elegían desbordarse.
Hay algo que sorprende en esa coincidencia del destino. El mismo día que el mundo recibió a un poeta fue también el día en que despidió a un pintor. No parece un final; parece un relevo. Como si el tiempo hubiera decidido que la llama del arte nunca se apagara: Un 8 de julio, cuando una vida llegó al mundo a escribir versos, otra, muchos años después, dejaba sus últimos colores suspendidos en la memoria.


En las calles de Valledupar aún sobreviven ecos de ambos. En una conversación de café, en un verso citado de memoria, en un cuadro que sigue desafiando miradas, en la certeza de que la cultura de un pueblo también se construye gracias a quienes se atreven a ser distintos.Tal vez nunca dejaron de ser esos “locos” de los que hablaba la gente. Pero la historia tiene una costumbre hermosa y es que con el paso de los años, a muchos de esos locos termina llamándolos genios y maestros.
Y quizá esa sea la mejor manera de recordarlos. No como personajes encerrados en la nostalgia, sino como dos artistas que hicieron del Cesar un territorio más sensible, más libre y más humano. Porque Luis Mizar y Kjuma entendieron que el arte no consiste únicamente en escribir un poema o pintar un lienzo; consiste, sobre todo, en dejar una huella capaz de sobrevivir al tiempo.


Cada 8 de julio, mientras una fecha celebra un nacimiento y honra una despedida, Valledupar vuelve a reunirlos en un mismo abrazo simbólico. El poeta y el pintor. La palabra y el color. Dos vidas distintas, un mismo destino: demostrar que el verdadero arte nunca muere; simplemente cambia de forma para seguir habitando en el corazón de su pueblo.




