La herida que perfuma al mundo: el bálsamo de Tolú.

Por: Eduardo Pertuz

Poco sabía yo de este bálsamo hasta que, en un evento de cultura olfativa en Granada, España, escuché al afamado perfumista Ricardo Ramos hablar de él con devoción. 

Fue una revelación: tuve que cruzar el Atlántico para redescubrir un aroma que latía en mi propia tierra. Al regresar a Cartagena de Indias, emprendí el viaje hacia Tolú, Sucre. Allí, guiado por la sabiduría del profesor Samuel Gutiérrez, descubrí la historia viva del Myroxylon balsamum. Esta resina, con su aroma envolvente a vainilla y canela, fascinó a los españoles en el siglo XVI. 

Cuenta la leyenda que llegaron a esta zona atraídos por los efluvios especiados de bosques repletos de este árbol mágico. Al ver cómo los indígenas curaban sus heridas con ella, lo llevaron a Europa como un ingrediente clave: expectorante, antiséptico y un fijador inigualable para la alta perfumería. 

Desde Sevilla, el médico Nicolás Monardes validó sus propiedades, asegurando que superaba con creces al legendario bálsamo de Oriente. Hoy, ese legado vive también en el arte: este grabado barroco de Joachim Camerarius (c. 1590), que encontré en el libro Los hombres no son islas de Nuccio Ordine, nos regala una reflexión que hoy resuena más que nunca: “Dime, ya que sano tus heridas con mi propia herida, ¿por qué tú, hombre, eres para los hombres un enemigo más duro que este tronco?” 

Gracias, profesor Samuel, por sus ingentes esfuerzos para conservar este ejemplar casi extinto. Su labor incansable es, en sí misma, un bálsamo para nuestra memoria cultural. ¡Sigamos su ejemplo!

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