Un hombre llamado “El Nanco”

Por : Mélida Vega Ramírez 

Hay hombres cuya vida se mide por los años que vivieron.  Otros, en cambio, se miden por la huella que dejaron en la memoria de la gente. Esta es la historia de uno de esos hombres…

José Bolívar Vega Sarmiento, conocido por todos simplemente como “El Nanco”, fue uno de esos hombres que parecían hechos de tierra, de sol y de trabajo. Hijo de Ismael Sarmiento y Adelaida Vega, perteneciente al linaje de los Cartuchos, creció en Curazao, rodeado por los ríos San Francisco y Santo Tomás, mirando desde niño la inmensidad de la Sierra Nevada y aprendiendo que la vida había que ganársela con esfuerzo.

No fue a la escuela.  La vida fue suficiente y aprendió rápido. ¡Vaya si aprendió!

Aprendió que el hombre no espera, que la honradez vale más que cualquier riqueza y que un hombre debe levantarse temprano para merecer el pan de su familia. Desde muy joven trabajó sin descanso: lo mismo ordeñaba vacas antes del amanecer que desmontaba montes bajo el sol ardiente de La Guajira; sembraba maíz, patillas, yuca, o lo que hiciera falta.

Compraba y vendía animales, comerciaba queso producto del ordeño de sus vacas y recorría caminos interminables llevando su mercancía de un pueblo a otro.  Pero lo que más admiraba la gente era su manera digna de trabajar.

”El Nanco” jamás permitió que sus trabajadores se fueran sin recibir el pago justo. Para él, la palabra valía más que cualquier firma.

“El Nanco” tenía una mirada profunda, serena y firme. Esas miradas que inspiran respeto sin necesidad de levantar la voz. Era serio cuando había que ser serio, pero detrás de aquella firmeza vivía un hombre profundamente alegre.

Porque, si algo tenía “El Nanco”, era la capacidad de hacer reír. Cómo olvidar la jocosidad con la que contaba historias de la vida cotidiana, ocurrencias y chistes que hacían reír a carcajadas a todo el que estuviera cerca. Lo hacía con esa gracia natural, propia del hombre que entendió que la vida, además de trabajarse, también debía celebrarse.

“El Nanco” no le tuvo miedo al trabajo, y tampoco le tuvo miedo a la felicidad.  Fue comerciante, agricultor, ganadero y visionario. En su ardua tarea comercial llevaba su camión cargado de quesos hasta Atánquez, población ubicada en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Desde allí traía la panela atanquera con la que más tarde produciría el chirrinchi que le dio fama en toda la región.

El proceso era lento y exigente. Después de la fermentación venía la destilación, realizada en alambiques de cobre hechos especialmente para él por el señor Andrés Mendoza. Entonces empezaba la verdadera paciencia del maestro. Mientras muchos buscaban terminar pronto,”El Nanco” podía pasar noches enteras observando caer el chirrinchi gota a gota.

Sabía que la prisa era enemiga de la calidad. Por eso el suyo tenía un sabor distinto. No era solamente la panela ni el cobre del alambique. Era el tiempo, el cuidado, la disciplina y el amor con que hacía su trabajo. Así elaboraba el mejor chirrinchi de la región. Su fama recorrió La Guajira y parte del Cesar, donde era esperado por sus clientes, que sabían que con él llegaba el mejor chirrinchi de toda la región.

El cansancio no fue compañero de “El Nanco”, como tampoco lo fue el miedo. Sin miedo se arriesgó a hacer los primeros carnavales de Curazao, llevándolos a ser los mejores del sur de La Guajira.

Nadie puede olvidar aquellos salones de baile, que cada año bautizaba con el nombre de una canción popular o con el título que más gracia le causaba. Allí estuvieron: Rabo Pelao, El Hombre del Sombrerón, Las Tapas, La Pollera Colorá, Puya el Burro, entre otros. Y en esos salones de baile lograba reunir al pueblo entero para celebrar, bailar y olvidar por unos días las fatigas de la vida.

Pero “El Nanco” no caminaba solo en esta tarea.  Mientras él recorría los caminos con su comercio, su compañera de vida, Adela Ramírez Mendoza, del linaje de los Mendoza, silenciosa, pero con las manos limpias, sostenía el hogar y atendía la tienda del pueblo, donde mantenía vivo el antiguo trueque con nuestros hermanos mayores, los indígenas.

Pero antes de hacer el intercambio había un ritual que nadie quería perderse: todos pedían la inolvidable chicha de arroz con piña de Adela Ramírez. Solo ella sabía darle ese sabor, ese dulzor y esa consistencia que nadie logró imitar. Era una bebida natural, fresca y saludable, preparada con paciencia y cariño.

Forasteros y habitantes del pueblo llegaban hasta su tienda para refrescarse con aquella chicha, que terminó siendo única en toda la región.

“El Nanco” no solo construyó un sustento para su familia; construyó recuerdos para todo un pueblo. Por eso, hoy, cuando un jornalero camina los senderos que van desde La Junta hasta Potrerito, Carrizal, Patillal, La Argentina o Talanquera, inevitablemente alguien menciona su nombre, porque en cada camino de Curazao quedó una historia suya sembrada.

Y cuando la brisa sopla fuerte entre las casas del pueblo, muchos todavía sienten que ahí viene otra vez la risa de “ El Nanco”, viajando con el viento, negándose a desaparecer.

Porque los hombres como él no se van del todo; se quedan viviendo en la memoria de la tierra que amaron.

“El Nanco” no era un hombre famoso. No fue político, no fue rico, no salió en los periódicos, pero dejó algo mucho más difícil de conseguir: dejó un buen nombre. Porque la riqueza se acaba, pero el buen nombre permanece.

Hoy somos nosotros, los hijos de “El Nanco”, quienes damos testimonio de esa herencia. Somos siete hijos, criados con el ejemplo del trabajo, la honradez, la responsabilidad y el respeto. Somos el fruto de un hombre que aprendió en la escuela de la vida y de una mujer que convirtió el silencio, el orden y el amor en la fuerza de un hogar.

Y lo decimos con el mismo orgullo con que ellos vivieron. ¡Somos los hijos de Él “Nanco” y Adela!.

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