Animales, identidad y memoria patrimonial en la música del Caribe colombiano

Por: Lida Mendoza Orozco 

Buena parte de la música del Caribe colombiano cuenta la historia de sus ríos, ciénagas, caños y montes. En sus canciones, peces, tortugas, caimanes, serpientes y otras especies se convierten en símbolos de la vida cotidiana, la tradición oral y la relación profunda entre las comunidades y su entorno. Así lo dejó saber la arqueóloga Daniela Beltrán Díaz en su conferencia sobre “Coroncoro se murió tu mae: La música, la tradición oral y la gastronomía”, que se llevó a cabo en el Museo de Arte de Valledupar en el marco de la programación del mes del patrimonio. 

En el Caribe colombiano, la música no solamente se escucha, también permite recorrer territorios, reconocer costumbres y descubrir la manera cómo sus habitantes han aprendido a convivir con la naturaleza.

Esta fue una de las principales reflexiones de esta conferencia dedicada a analizar la presencia de la fauna en las manifestaciones musicales y culturales del Caribe, desde una mirada que integra la música, la antropología, la arqueología y la gastronomía.

Uno de los ejemplos abordados fue “Coroncoro”, bullerengue de la compositora e intérprete La Niña Emilia. “La canción puede interpretarse desde diferentes perspectivas, pero una de ellas la relaciona con la ausencia de un hijo que parte hacia otro lugar. La figura del coroncoro permite establecer un vínculo entre el comportamiento del animal y la experiencia humana”, sostuvo la conferencista. 

Este pez está asociado con ambientes de aguas de poca corriente y zonas donde se acumula material vegetal y barro. De allí surge la metáfora que conecta la vida del animal con las emociones y circunstancias narradas en la canción.

De acuerdo a la arqueóloga Daniela Beltrán, la tradición oral también ayuda a comprender estas asociaciones. Testimonios de cantadoras de la región permiten encontrar explicaciones sobre la manera como la propia comunidad relacionaba el comportamiento del coroncoro con determinados comportamientos humanos. 

Los animales como metáforas de la vida cotidiana

La fauna aparece constantemente en el repertorio musical del Caribe como una manera de explicar sentimientos, comportamientos y situaciones de la vida cotidiana.

Otro ejemplo que se presentó durante la conferencia fue la canción  “Los trapitos al agua”, interpretada por Mr Black , donde aparece la referencia a descamar el pescado como metáfora de una persona que puede sentirse aludida o alterada ante determinada situación.

La tortuga también ocupa un lugar especial en este universo simbólico. En canciones como las interpretadas por Joe Arroyo, aquí la figura de este animal permite hablar de sus características, entre tanto, en una de las versiones de  “El Pilón”, interpretado por Juan Piña, hay un verso que alude a que el morrocoy no puede subir a un árbol ni siquiera con ayuda, esto, de acuerdo a la conferencista, convierte una característica de su morfología en una enseñanza sobre las propias limitaciones humanas: “existen situaciones que no siempre pueden resolverse, incluso cuando se cuenta con ayuda”, concluyó. 

La arqueóloga conferencista aseguró que estas referencias muestran cómo la observación de la naturaleza se transforma en lenguaje cultural. “Los animales dejan de ser únicamente especies del territorio y pasan a convertirse en protagonistas de relatos, canciones  y enseñanzas”.

El hombre hicotea y la vida anfibia

Una de las imágenes más poderosas abordadas durante la conferencia fue la del “hombre hicotea”, expresión relacionada con la vida de las comunidades de la Depresión Momposina y La Mojana, que también fue representada en una escultura en el municipio de San Marcos, Sucre. 

La figura, difundida en estudios sobre las sociedades anfibias del Caribe colombiano, representa la capacidad de las comunidades campesinas para adaptarse a territorios marcados por el agua, las inundaciones, las ciénagas y los ciclos de los ríos.

La hicotea se convierte así en una metáfora de resistencia y adaptación. “No se trata solamente de sobrevivir en un territorio acuático, sino de aprender a trabajar, movilizarse y construir una vida alrededor de él”.

Esta relación entre seres humanos, animales y paisaje también aparece en las historias tradicionales sobre el caimán, animal muy representativo en municipios ribereños. 

Las antiguas prácticas de cacería del caimán constituyen otro ejemplo de la estrecha relación entre las comunidades ribereñas y la fauna.

Los relatos de los antepasados sobre estas jornadas,  describen grupos de pescadores expertos en el comportamiento de las aguas y conocedores de los lugares donde habitaban los caimanes, y la cacería requería conocimiento del río, capacidad de navegación y dominio del entorno.

Más allá de esta práctica, las  historias y la oralidad permiten observar una región en la que el ser humano se relacionaba directamente con los recursos naturales para obtener alimento, iluminación y elementos utilizados en prácticas tradicionales de medicina, como el aceite de caimán. 

El hombre caimán, entre la tradición y la memoria de los pueblos

En el caso particular de “El hombre caimán” se registran diferentes versiones, entre ellas las vinculadas con Plato y Ciénaga, en el departamento del Magdalena, que demuestran cómo una misma especie puede convertirse en referente de diferentes tradiciones locales.

Del río al plato, papel protagónico de los animales en la gastronomía

Pero la relación con los animales también está presente en la gastronomía. Canciones como “La rama del tamarindo” de Juan Piña y “Patacón pisao”, esta última interpretada por Juan Carlos Coronel, permiten acercarse a una dimensión esencial del patrimonio cultural: lo que comen las comunidades y la manera como preparan sus alimentos.

Es así como el pescado aparece acompañado de productos propios de la cocina caribeña como yuca, plátano, patacón, arroz con coco y suero, entre otros.

Bocachicos y bagres hacen parte de una gastronomía ligada a los ríos, ciénagas y mercados regionales en diferentes preparaciones, fritos, guisados o de otras maneras tradicionales, estos alimentos reflejan la conexión entre biodiversidad, el territorio, su identidad  y cultura.

Porque el patrimonio también está en la mesa, está en las recetas transmitidas entre generaciones, en los sabores de los pueblos ribereños y en las formas de preparar aquello que ofrece el entorno.

El agua como entorno natural de los artistas

Los ejemplos analizados durante la conferencia tienen además un elemento común, ya que muchos de sus intérpretes nacieron o desarrollaron buena parte de sus vidas en territorios estrechamente relacionados con el agua. La Niña Emilia, Juan Piña, Joe Arroyo y Juan Carlos Coronel pertenecen a una tradición musical caribeña en la que los ríos, las ciénagas, los caños, el mar y los paisajes de la región hacen parte de la experiencia cotidiana.  Por eso, hablar de peces, tortugas, caimanes o alimentos provenientes del río no resulta extraño dentro de sus repertorios, ya que son elementos que pertenecen al paisaje vivido y a la memoria de las comunidades.

García Márquez, identidad Caribe

La conferencia cerró con una reflexión de Gabriel García Márquez, tomada de una entrevista realizada por el periodista Ernesto McCausland, en la que el escritor se refería a la manera en que su cuerpo y su mente se reconocían plenamente al regresar al Caribe.

La idea resulta reveladora para comprender la relación entre territorio y cultura: el paisaje no solamente está afuera del individuo sino que también forma parte de su memoria, sus sentidos y su manera de interpretar el mundo.

Desde esta perspectiva, la música caribeña puede entenderse como una expresión de esa identidad ecológica. Sus letras conservan nombres de animales, comportamientos, alimentos, paisajes y prácticas que permiten reconstruir la relación histórica de las comunidades con su entorno.

Para el turismo cultural, esta mirada ofrece también una oportunidad ya que las regiones pueden narrarse a través de sus canciones.

Un visitante puede acercarse al Caribe no solamente para conocer sus paisajes, sino para descubrir qué historias cuentan sus habitantes sobre el río, qué animales aparecen en sus canciones, qué alimentos llegan a sus mesas y cómo esas experiencias se transformaron en patrimonio musical; quizás allí radica una de las mayores riquezas culturales del Caribe colombiano, la  capacidad de convertir la naturaleza en música y la música en una manera de conservar la memoria de un territorio.

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