Así nació el Festival de la Leyenda Vallenata

Por : Lida Mendoza Orozco
Cuando llega el mes de abril, el aire en Valledupar huele distinto. Los Puyes y Cañaguates siguen vestidos de amarillo, el sol brilla mientras las aguas del río Guatapurí comienzan a susurrar que está por empezar la fiesta grande del Valle, el Festival de la Leyenda Vallenata.
Este magno evento remonta sus orígenes a 1968, cuando el vallenato era el lenguaje de peones, vaqueros y juglares que llevaban noticias de pueblo en pueblo y no tenía espacio en la clase alta de la sociedad vallenata. Alfonso López Michelsen era el gobernador de la época del recién creado departamento del Cesar, su amor por esta música y ante la necesidad de brindarle a los cesarenses un espacio cultural, llamó a su amigo Rafael Escalona, a Consuelo Araujo Noguera “La Cacica” y a Miriam Pupo, a quienes les propuso incluir la música de acordeón en las festividades religiosas de la Virgen del Rosario, que se celebran a finales de abril y así le dieron vida al Festival de la Leyenda Vallenata.

Ellos no sólo fundaron un festival; crearon identidad a una región que, hasta entonces, miraba con recelo esa música de campesinos. La primera edición, fue celebrada en la Plaza de Alfonso López, solo se presentaron acordeoneros que de alguna forma eran reconocidos en la zona por haber tenido la oportunidad de grabar y así comenzó a gestarse la historia. En ese primer festival se coronó Alejandro Durán, con su pedazo de acordeón y su victoria marcó el estándar: no bastaba con tocar rápido, había que tocar con el alma. Como hecho curioso, junto a los hombres subió a la improvisada tarima de madera, una mujer, la molinera Fabriciana Meriño, que compitió hombro a hombro por la corona de rey vallenato. Otra mujer hizo presencia en ese primer festival de 1968, Rita Fernandez Padilla que junto a su agrupación “Las Universitarias” hizo su presentación musical, abriendo así un importante espacio en el vallenato que desde sus orígenes fue considerada música para ser interpretada por hombres, concepto que décadas después fue fue desestimado.

Otros colosos del acordeón también fueron coronados rey, Nicolás “Colacho” Mendoza, Calixto Ochoa, Alberto Pacheco, Miguel López; Luis Enrique Martínez y Alfredo Gutiérrez, coronado en tres oportunidades, entre muchos otros que han alcanzado la gloria en este importante certamen folclórico.
Con el correr de las décadas, el Festival pasó de ser una reunión de amigos bajo un palo de mango a una industria cultural sin precedentes. La creación de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata organizó el caos creativo y profesionalizó la competencia. Nacieron nuevas categorías, los niños que hoy tocan con mucha destreza, los jóvenes y aficionados y las mujeres que finalmente reclamaron su lugar en el podio, además de la categoría de la Piqueria, ese duelo de ingenio donde la palabra es el arma más afilada; y el concurso de Canción Inédita, donde los compositores ponen a prueba su talento y desde 1987 se incluyó el concurso de Rey de Reyes profesional y Canción Inédita cada cierto tiempo. El Festival pasó de realizarse en una plaza, a un gigantesco parque con un coliseo que congrega miles de personas de todos los rincones del mundo que llegan a disfrutar del vallenato.
Sin embargo, el vallenato no ha sido ajeno a la llegada de las nuevas generaciones y esta evolución no ha estado exenta de miedos. Con la llegada del “Vallenato Nueva Ola”, el Festival se ha erigido como el último bastión de resistencia.
El Guardián de la Tradición
¿Qué ha significado este certamen para la preservación de lo nuestro? Todo. Sin el Festival de la Leyenda Vallenata, los cuatro aires fundamentales —el Son, el Paseo, el Merengue y la Puya— quizás se habrían diluido en el mar de vallenato fusión comercial que hoy llenan los espacios de los más jóvenes ante la mirada inquieta de los mayores que alzan su voz en defensa del vallenato tradicional.
En el Festival de la Leyenda Vallenata, el rigor de los concursos obliga a los acordeoneros a volver a las raíces. Para ser rey, hay que saber marcar el bajo con la cadencia de los viejos, hay que respetar el tiempo del Son y la velocidad frenética pero articulada de la Puya. Es, en esencia, un ejercicio de memoria histórica colectiva. Un sentimiento que no se apaga.
Cada mes de abril cuando se abren los fuelles en la tarima Colacho Mendoza del Parque de la Leyenda Vallenata, Valledupar no solo escucha música; revive su historia. El Festival es el recordatorio anual de que, mientras haya un hombre o una mujer dispuestos a contar sus penas y alegrías al ritmo de acordeón, caja y guacharaca, la esencia del Vallenato seguirá viva. Valledupar es, y seguirá siendo, el lugar donde la realidad se vuelve leyenda y la leyenda, un canto eterno.




