Entre flechas y fe nació el milagro de la Virgen del Rosario

Por: Lida Mendoza Orozco
Valledupar no amanece igual cada 29 de abril. En el centro histórico de la ciudad se siente un aroma distinto, huele a lucha, a fe y a misticismo. El sol calienta y los vallenatos se reúnen con fervor para recordar la leyenda del milagro de la Virgen del Rosario, que nació de una tragedia, que ha sido conocida desde hace cuatro siglos, gracias a la tradición oral.

El día inicia con una ceremonia eucarística en la Catedral del Eccehomo, presidida por monseñor Óscar José Vélez Isaza, con la presencia de los feligreses entre ellos, la hermandad de la Virgen del Rosario, un grupo de católicos que año tras año se encargan de mantener viva la tradición de “Las Cargas”, representación emblemática de esta historia.

La furia indígena y el agua amarga

La historia se traslada a 1576, en la laguna Sicarare, donde indígenas Tupes, valientes guardianes de este valle de ríos cristalinos, se alzaron contra el dominio español.
Cuenta la leyenda que el cacique Coroponiaimo, no aceptó el trato que se le dio a la india Francisco, una joven tupe que fue humillada y azotada por su ama frente a la servidumbre; por lo que decide vengarse y atacar la ciudad con el apoyo de los caciques Coroniaimo y Uniaimo.
En un acto de astucia guerrera, los Tupes envenenaron las aguas de la laguna esperando que la muerte silenciosa hiciera el trabajo que las flechas no lograban completar. Los soldados de la guardia española, sedientos y agotados, bebieron y comenzó una agonía colectiva bajo el sol implacable; hombres españoles de armadura cayendo uno a uno, doblegados por el veneno. Fue en ese instante de desesperación absoluta cuando lo terrenal cedió paso a lo divino.

Cuentan los abuelos, y lo ratifica la tradición oral que hoy es patrimonio, que la Virgen del Rosario fue vista en el lugar y con la serenidad de quien manda sobre la vida, tocó con su báculo a los moribundos, devolviéndoles el aliento y sanando las entrañas corroídas por la ponzoña.

“Las Cargas”

Hoy, la Plaza Alfonso López se convierte en un lienzo vivo. Ya no hay selva virgen, pero el intenso recorrido y el enfrentamiento entre indígenas y españoles despierta los mismos temores y devociones de antaño.
“Las Cargas” no son un simple desfile; son una puesta en escena visceral donde participan tres actores fundamentales de nuestra identidad, la guardia española, los indígenas y los negros.

El clímax de la representación llega cuando los soldados caen. El silencio se apodera del lugar hasta que aparece la imagen de la Virgen. En un acto coreográfico que eriza la piel, los “muertos” se levantan. Es el triunfo de la vida sobre la guerra, de la fe sobre el veneno.
El cimiento de una cultura

“Sin el milagro de la Virgen, no habría leyenda; y sin leyenda, el vallenato sería solo música sin alma”.
Este suceso es el fundamento histórico-mítico de la región. Mientras los turistas llegan buscando la fama de los juglares, los vallenatos de cepa saben que la verdadera fiesta comienza de rodillas ante la Patrona.
Celebrar el 29 de abril es entender que nuestra identidad es un tejido de contradicciones, donde convergen el espíritu guerrero del indígena, la devoción por la Virgen del Rosario y la alegría de un milagro que se constituyó en leyenda mucho antes de que en esta tierra sonara un acordeón, por eso Valledupar se reconoce en su plaza Alfonso López, reafirmando que somos un pueblo que, gracias a un milagro, aprendió a vencer a la muerte para dedicarse a cantar sus propias historias.




